El presente escrito es un intento por poner en diálogo algunos planteamientos de René Girard, Judith Salgado y Fernando Ponce León acerca de los conceptos de migración y violencia, buscando relacionarlos con una idea que motiva la salida de colombianos * fuera del país. Esta motivación es la búsqueda voluntaria de mejores oportunidades en la generación de ingresos para ellos y sus familias. Los casos a que hago referencia son tomados de mi experiencia vivencial en las ciudades de Cali, Bogotá y Pasto en los últimos años fruto de diálogos con amigos y sus familiares.
Uno de los principales problemas que afecta a la población colombiana es el desempleo y las escasas oportunidades de trabajo, situación que ha agudizado las condiciones de pobreza y miseria que viven más del 40% de sus habitantes. Este porcentaje se ha incrementando en los últimos años a causa del desplazamiento forzado en las zonas rurales del país **.
Por otro lado, algunos habitantes –particularmente jóvenes– que viven en las ciudades no logran generar los ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades y cumplir con sus expectativas de vida, razón por la cual optan por migrar a otros países que les ofrezcan estas oportunidades. Estos jóvenes son movidos por el deseo de un modo de vida mejor que, suponen, está en países “más desarrollados” que Colombia. Buena parte de estos imaginarios de bienestar y progreso personal que mueven a los migrantes están en el orden del deseo mimético *** que se forma con base en las imágenes de lugares, objetos y sujetos que circulan a través de los medios masivos de información y otros circuitos no mediáticos como cartas, comentarios de viajeros y conversaciones de amigos o familiares que ya han migrando. Y así el migrante construye imaginariamente un modelo de vida que desea imitar, y como dice Girard, recibe prestados los deseos de otros que ya han experimentado el acceso al bienestar que ofrece otro país ****.
Sin embargo, la lucha personal en este proceso migratorio se convierte, –en la mayoría de los casos– en un drama por cumplir con la documentación que se requiere para obtener el permiso de salida. Las estrictas medidas para estos trámites están marcadas por una imagen discriminatoria –desde el nivel internacional– que desconfía y califica de terrorista, narcotraficante o delincuente a cualquier ciudadano colombiano. En este sentido las mayores restricciones son impuestas por las embajadas y consulados de algunos países desarrollados que, paradójicamente, promueven relaciones comerciales desiguales –como el recientemente Tratado de Libre Comercio entre Colombia y Estados Unidos–, que a la vez que limita cada vez más el ingreso y la movilidad de colombianos a este país *****. Estas restricciones esconden un miedo a ese “Otro” diferente –estigmatizado como peligroso y delincuencial– que es necesario excluir como ciudadano del mundo y recluir en su propio país. Se debe evitar –como un “enfermo contagioso de violencia”– su contacto con los demás ciudadanos normales y sanos del resto del mundo. Al respecto Judith Salgado afirma que “Esa negación o falta de reconocimiento del otro tiene sus base en prejuicios, estereotipos sobre esa persona o grupo de personas; prejuicios que se transmiten culturalmente dentro de una lógica de mantenimiento del poder entendido como dominación” ******.
Siguiendo la ruta de este proceso migratorio –para el caso de un ciudadano colombiano– encontramos que muchos logran salir del país –legal o ilegalmente– en busca de mejores oportunidades de trabajo, y se ubican en un país desarrollado como ciudadanos de segunda categoría y desempeñándose en labores subvaloradas socialmente como el servicio doméstico, cuidado de niños o ancianos, y en el peor de los casos en prostitución. Difícilmente un técnico, tecnólogo o profesional logra desempeñarse en su campo de formación en estos países, ya que se considera que la educación que se imparte en los países “subdesarrollados” es inferior en calidad, y por lo tanto es necesario que realice nuevos estudios para que “adquiera el nivel” requerido en el nuevo país. En este orden de ideas, el migrante es víctima de un racismo dominador ******* que le condena a padecer injusticias laborales y atropello de sus derechos en muchos espacios de la vida en sociedad, a cambio de generar los ingresos necesarios para mantenerse y enviar a sus familias en algún lugar de Colombia.
A razón de las grandes dificultades por las que atraviesa un migrante colombiano fuera de su país son evidentes las escasas posibilidades de participación política que puede tener como ciudadano en el nuevo país y a nivel global. En tal sentido, su carácter de sujeto político se invisibiliza y se reduce a la de sujeto económico sin mayores garantías para su libre expresión. El anonimato y el silencio se convierten en una condición “natural” y necesaria que lo margina de la toma de posición frente a los problemas y decisiones públicas que afectan el entorno inmediato donde habita. Es así como un concepto cosmopolita de ciudadanía ******** en los términos que lo propone Fernando Ponce León requiere de compromisos internacionales entre los gobiernos para que se asuman efectivamente los derechos humanos y se construyan acciones solidarias que permitan al migrante tener la capacidad de ser un ciudadano en tiempos de globalización.
Finalmente, considero que es necesaria una aproximación amplia a la noción de frontera tanto en sus connotaciones físicas como simbólicas en sus diferentes dimensiones –social, política, económica y cultural– en la perspectiva de las migraciones y la movilidad humana. Igualmente, una deconstrucción sistemática del discurso actual sobre las migraciones a nivel nacional y global, arrojaría importantes elementos para comprender los fenómenos de exclusión, racismo y xenofobia en muchos países, y ampliaría el debate en torno a la globalización como proceso cultural y político.
* Utilizo el término en forma genérica para referirme tanto a hombres como mujeres.
**Muchos campesinos llegan a las ciudades –en especial a capitales de departamentos– desplazados por el conflicto interno entre grupos armados –paramilitares, guerrilleros y fuerzas militares del Estado–. Muchos de estos campesinos son desarraigados de sus tierras, animales, bienes, familiares y amigos, al huir de la violencia para salvar sus vidas y las de sus familias. La gran cantidad de desplazados que llegan a las ciudades pasan a engrosar los cinturones de marginalidad y a elevar el número de desempleados, y en el mejor de los casos a formar parte del subempleo y la economía informal del país.
***“De modo que para, mantener la paz entre los hombres, hay que definir lo prohibido en función de este temible hecho probado: el prójimo es el modelo de nuestros deseos. Eso es lo que llamo deseo mimético.” Tomado de René Girard, ´Es preciso que llegue el escándalo´ en Veo a satán caer como el relámpago, Editorial Anagrama S.A., París, 2002, p. 26.
****“No es sólo el deseo lo que uno recibe de aquellos a quienes ha tomado como modelos, sino multitud de comportamientos, actitudes, saberes, prejuicios, preferencias, etcétera, en el seno de los cuales el préstamo de mayores consecuencias, el deseo, pasa a menudo inadvertido.” Ibíd., p. 33
*****“Las fronteras se han roto para el cruce de capital mientras cada vez se cierran más a la movilidad humana. El control, la restricción y hasta la represión enmarcadas en políticas de seguridad y lucha contra el terrorismo son elementos ligados a la migración y el refugio mientras que la apertura, la liberalización, la no-intervención son los elementos que sostienen el flujo de capitales.” En Judith Salgado, Discriminación, racismo y xenofobia, Quito, INREDH, 2001, p. 93.
****** Ibíd., p. 95
******* Según Judith Salgado, é ste tiene que ver con las violaciones a los derechos humanos más frecuentes –particularmente en el caso de inmigrantes irregulares- se manifiesta en restricciones y violaciones al derecho al trabajo, la seguridad social, la educación, la vivienda, la salud, la diversidad cultural, la reunificación familiar y la falta de acceso a la justicia: su condición “clandestina” amordaza la posibilidad de exigir los derechos, por temor a ser expulsados. Ibíd., p. 98.
********“…donde la pertenencia nacional obviamente no desaparezca sino que encuentre el modo de articularse con la pertenencia universal a la misma humanidad.” Tomado de Fernando Ponce León, ´La ciudadanía en tiempos de migración y globalización' , en Globalización, migración y derechos humanos, UASB-PADH, Quito, 2004, p. 88
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