MEMORIA E IDENTIDAD
Por Omar G. Martínez
        
“…la lucha contra el olvido es una exigencia histórica y un deber moral si de verdad quiere evitarse cualquier rebrote de cualquier tipo de terror institucionalizado.”

Tomado de Simon Wiesenthal, citado por Alberto Reig Tapia

 

1. El fragmento de Alberto Reig sobre la guerra civil española nos invita a reflexionar sobre los conflictos que libran, la memoria como testimonio y la historia como tradición inventada * e institucionalizada, por la legitimidad en la representación del pasado acerca de hechos significativos para una comunidad. En este sentido, el autor otorga una preeminencia especial a la memoria sobre la historia, particularmente en acontecimientos traumáticos o dolorosos recuerdos pueden hacer emerger nuevas versiones que contradigan o cuestionen el conocimiento de una historia oficial.

Este conflicto se sustenta en las relaciones de poder que instituye la historia para el control del pasado cuyos contenidos se vuelven funcionales a un presente que busca direccionar el futuro de un grupo o una sociedad. El núcleo de este poder lo sintetiza Alberto Rosa Rivero cuando afirma:

 

“… la historia nos hace reflexionar sobre adónde apunta nuestro destino, hacia nuestro futuro, al mismo tiempo que vincula tres regiones temporales –el pasado, el presente y el futuro- en las que se despliega nuestro ser individual y colectivo” **

Considero que este poder de direccionar el futuro desde un presente sustentado en un pasado fijo y referencial, encierra las identidades en un discurso hegemónico elaborado desde el campo científico de “la historia” que lo legitima a través de procesos de socialización y unificación simbólica. Esto no desvirtúa los valiosos aportes teóricos y metodológicos de la historia como disciplina, pero sí advierte sobre la dimensión política que subyace en los procesos de significación y en los significados que pone en circulación.

 

memoria pasto

Por otro lado, el paradigma positivista de la ciencia ha influido en la historia como disciplina consolidándola a partir de tres categorías: objetividad, fiabilidad y selectividad. Tanto el testimonio vivencial como la historia sistemática luchan por un estatus de objetividad que consiste en demostrar la mayor cercanía con el acontecimiento y el menor sesgo en la interpretación, pero mientras la disciplina histórica tiende a generalizar y despersonalizar el relato, el testimonio funda su objetividad en una subjetividad que se erige como agente presencial o cuasipresencial de los acontecimientos. La fiabilidad esta relacionada con las fuentes o autoridad que enuncia, en el caso de la historia como disciplina la fiabilidad se sustenta en la institucionalidad y los elementos que le componen (historiadores profesionales, método científico, presupuestos y organización, y legitimidad en el ámbito político y social), mientras en el testimonio, desprovisto de toda institucionalidad, la única fuente es la persona o personas que estuvieron presentes en los hechos (en algunos casos se las considera una fuente parcializada por su relación subjetiva frente a los acontecimientos); son su voz, sus recuerdos y su vida la única autoridad que le acompaña. La selectividad tiene que ver con la decisión de optar por unos hechos y personajes que se ofrecen entre una gama de posibilidades, estos criterios de selección están relacionados con tendencias ideológicas, políticas o culturales, en el testimonio estas tendencias dependen de la adscripción de sus autores mientras en la historia institucional se remiten a los intereses de un partido, una clase o un gremio. Estas categorías condicionan la producción de efectos de verdad en las diversas interpretaciones sobre acontecimientos históricos.

Frente a esta base científica de la historia, la memoria que parte del testimonio informal pierde validez al no estar mediada por técnicas y procedimientos de verificación y de rigor, pero esta validez se relativiza de acuerdo con la carga simbólica y el grado de afectación a unos u otros intereses ideológicos o políticos que ejercen el poder y le permiten o no ingresar a la esfera pública de la historia. Alberto Rosa Rivero, en su fragmento, plantea cómo la institucionalidad histórica establece un monopolio sobre la producción de relatos . Dentro de este monopolio el sistema dominante regula los objetos, tiempos, lugares, personajes y hechos que pueden ingresar a esta agenda histórica oficial. Pero más allá de un monopolio de la producción, pienso que la historia institucional ha pretendido extender el monopolio a la circulación y el consumo de estos relatos.

La pretensión totalizadora de la disciplina histórica ligada a una institucionalidad cerrada y sesgada por unos intereses ideológicos y políticos, excluye la idea de heterogeneidad de las memorias, muchas provenientes de relatos orales, que permita densificar los diálogos, las interacciones y las confrontaciones entre diversas interpretaciones acerca de los acontecimientos dentro de un campo de pluralidad histórica.

La hegemonía sobre la historia gira alrededor de la unificación identitaria de un pueblo, una comunidad o una nación lo que facilita ejercer el control a través de un conjunto de representaciones simbólicas (conmemoraciones, fechas, eventos, banderas, escudos, personajes, lugares, etc.) que más que construidas, validadas o retroalimentadas con sus habitantes, son impuestas. Queda entonces la misión de ampliar y “democratizar” los escenarios de encuentro entre la historia y las memorias .

Tres preguntas considero oportunas para cerrar provisionalmente este análisis: ¿Qué ventajas o desventajas se obtienen de una construcción social de la historia donde la pluralidad de memorias entren en juego?, ¿En una administración colectiva de la memoria, cómo se determina lo que se debe recordar y lo que se debe olvidar?, y ¿Qué significado reviste el debate entre memorias e historia en la consolidación de los estudios de la cultura?

 

 

“ Pero la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido. Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado.”

Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad

simon bolivar pasto

2. La imagen latinoamericana de Bolívar es el resultado de un enfoque historicista que ha privilegiado el nombramiento y la visibilidad de los grandes y los poderosos en una escala jerárquica donde quedan al margen los actos, las ideas y la existencia de actores sociales intermedios y bajos, que seguramente han jugado un papel fundamental en otras versiones de la misma historia. La historia oficial se ha encargado de crear héroes y figuras emblemáticas cuyas ideas, valores y hazañas marcan la constitución de un “nosotros” que determina las características de las identidades de los pueblos y naciones.

El fragmento de Mabel Moraña hace alusión a las disputas entre interpretaciones y reinterpretaciones de algunos símbolos “institucionalizados” del pasado, muchos de los cuales han sido investidos con un aura *** de verdad sacralizada, legitimadas por la historia como disciplina. Ante esto, la disputa surge cuando aparece una resignificación que transgrede el sentido institucional del símbolo, en este caso la pintura de Dávila donde muestra a Simón Bolívar transfigurado con rasgos postmodernos y afeminados.

En esta disputa se hace evidente una paradoja identitaria entre la representación simbólica de la imagen del libertador, creada por la historia oficial, y marco ideológico donde reconoce la diversidad racial y cultural de América latina. Esto, más que una arremetida contra la imagen del libertador es una transgresión a los principios de quienes ejercen el poder de representación sobre el pasado.

Ante esto, la última frase del fragmento **** de Alberto Rosa Rivero es contundente y pone de relieve la necesidad de construir consensos provisorios sobre los recuerdos y los olvidos, en una dinámica flexible y abierta a la interpretación de significados. Otra idea que se deduce de este fragmento es la inalcanzable objetividad de la memoria, y en consecuencia su definición como un campo de lucha constante por el poder de representación del pasado.

En concordancia con lo anterior, una alternativa que redimensione el papel de la disciplina histórica y la memoria debe fundamentarse en el concepto de apropiación social de la memoria, entendido como un escenario político y social amplio donde tienen acceso diversas representaciones de las memorias de una comunidad, un pueblo o una nación. El concepto de apropiación social concibe el encuentro, la participación y el conflicto positivo de y entre la heterogeneidad de representaciones sobre la memoria. Así, la apropiación social implica un proceso circular y múltiple que va de la interiorización a la exteriorización transitoria de interpretaciones históricas de memorias individuales y colectivas. La apropiación social de la memoria no puede concebirse como una entidad estática e invariable, su dinamismo permanente asume la historiografía en forma abierta, conflictiva y cambiante.

En este orden ideas, se hace necesario generar condiciones teóricas, políticas y estratégicas que viabilicen, no solo un consumo activo de la historia, sino también la producción de trabajos de la memoria ***** desde la escuela, el barrio, la ciudad, el campo, incluso a nivel interregional. Dentro de estas políticas y estrategias es necesario que la academia, el estado y los medios de comunicación incluyan la participación de actores sociales (niños, jóvenes, mujeres y adultos), como sujetos activos, y en los casos que corresponda, como protagonistas en el proceso de producción, circulación y consumo de relatos de la memoria. El ámbito educativo debe hacerse cargo de acciones que motiven, en profesores y estudiantes, el aprendizaje y la investigación sobre la memoria individual y colectiva; el Estado tiene la responsabilidad de generar políticas públicas que garanticen la desmonopolización de la historia y la elaboración de símbolos compartidos que reflejen la diversidad cultural de la memoria colectiva. Y finalmente, en las comunidades organizadas (barrios, grupos comunales, etc.) es necesario impulsar prácticas de apropiación y recreación de las memorias individuales y colectivas orientadas a consolidar continuamente proyectos identitarios.

En estas condiciones se fortalecen los marcos de interpretación de la memoria semántica ****** y se amplían las oportunidades de indagar en la historia un presente menos restringido que sirva para direccionar un futuro posible en la constitución de un “nosotros” donde todos podamos reconocernos.

Finalmente, la cita de García Márquez muestra el olvido como una enfermedad que se fue apoderando de los habitantes de Macondo afectando sus vidas al extremo de perder sus identidades, metáfora que evidencia cómo la memoria individual guarda una estrecha relación con la memoria colectiva y determinar la constitución de subjetividades. Este es un llamado a reflexionar y revisar nuestras relaciones con la memoria para evitar caer en la “idiotez sin pasado” como le sucedió al pueblo de Macondo.

 

Más Artículos de este autor en: www.omartinez.org

 

 

* Concepto tomado de: Eric J. Hobsbawn, Inventando tradiciones, Historia Social, No. 40, (Valencia, 2001)

** Alberto Rosa Rivero, Memoria, historia e identidad. Una reflexión sobre el papel de la enseñanza de la historia en el desarrollo de la ciudadanía, en Mario Carretero y James F. Voss, comps., Aprender a pensar la historia, Buenos Aires, Amorrortu, 2004, pp. 47

*** Tomo este término en el sentido de: Walter Benjamin, la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Editorial Itaca, México, 2003

**** “ …De ningún modo es tolerable el intento de imponer recuerdos u olvidos.” En Alberto Rosa Rivero, Memoria, historia e identidad. Una reflexión sobre el papel de la enseñanza de la historia en el desarrollo de la ciudadanía, pp. 69

***** Tomo este termino en el sentido de: “El trabajo como rasgo distintivo de la condición humana pone a la persona y a la sociedad en un lugar activo y productivo. Uno es agente de transformación, y en el proceso se transforma a sí mismo y al mundo. La actividad agrega valor. Referirse entonces a que la memoria implica “trabajo” es incorporarla al quehacer que genera y transforma el mundo social” Elisabeth Jelin, Los trabajos de la memoria, Madrid, siglo veintiuno, 2002, pp. 14.

****** “Nuestra propia identidad depende de nuestra memoria. No podemos concebir nuestro propio yo si no es sobre el telón de fondo de los recuerdos de nuestras acciones cambiantes, no podemos ponerle atributos a ese yo si no es mediante el uso de categorías de nuestra memoria semántica. Y sin ambas cosas no podemos interpretar nuestra vida, ni por supuesto, tener proyectos profesionales o intelectuales” Alberto Rosa Rivero, Op cit, pp. 50.

 

 

 

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