LA  ESQUINA: UNA LEVE FISURA EN EL ESPACIO MODERNO 
Por Omar G. Martínez

 

Mucho se habla en los últimos tiempos de las ciudades como aquellos lugares donde se cristalizan los significados de gran parte del proyecto modernizador y por consiguiente la invención normada del sujeto moderno, cuyas relaciones con el entorno estarían reguladas por su capacidad para adoptar un modo de vida “civilizado”, y adaptarse a los espacios del territorio urbano.

la esquina pasto

Esta fuerza modernizadora que día a día busca superar el pasado –y el supuesto lastre de lo tradicional–, se expresa en el expansivo auge de espacios físicos ordenados, seguros y asépticos como el banco, el centro comercial, el conjunto residencial, el edificio para uso institucional, la plaza sin zona verde, la sala juegos electrónicos y otros lugares que hacen parte del conjunto funcional de la vida en la ciudad moderna. No obstante, junto a este espacio físico, es en el juego de la construcción de identidades donde se resignifican estos espacios haciendo emerger las contradicciones del proyecto modernizador.

Frente a esta idea dominante de espacio moderno, el presente escrito intenta reflexionar sobre la esquina de la ciudad como lugar de encuentro con el otro, y como espacio en el que confluye una heterogeneidad de expresiones de la vida citadita en la producción de sentidos colectivos. Y más allá de los fantasmas y peligros que la habitan –y sin desconocerlos–, es importante preguntarse cómo se resignifica el espacio de la esquina a través de prácticas de dialogo, ruptura y afectividad en el uso que hacen sujetos y grupos. Para este breve recorrido tomaré algunos aportes de Zygmunt Bauman que aluden al temor que sentimos hacia ese otro extraño, y por lo tanto a la idea de la ciudad amurallada y vigilada. De Marc Auge es relevante la idea de la esquina como un no lugar que puede transitoriamente llenarse y vaciarse de sentido a la vez. Jesús Martín Barbero nos aporta la idea de las narrativas urbana que afloran en cada reunión de amigos o en cada cita personal en la esquina –tanto en el centro como en la periferia–. Y uno de los aportes más significativos es el de Rossana Reguillo y los miedos en la ciudad, pues gran parte de las connotaciones negativas de la esquina están cargadas de estos miedos.

Siempre he considerado que la esquina es uno de esos espacios sociales de la ciudad que adquiere una significación ambivalente y polifónica tanto en sus rastros de escritura marginal como en su ordenamiento centralizado, cada esquina adquiere su propia identidad de dependiendo de los sujetos que la habiten, de las prácticas que se realicen, y de las relaciones que en ella se presenten. Metafóricamente, la esquina no es centro ni periferia es cruce obligado, puede asumirse como el límite entre lo que viene y lo que pasó, la intersección del diálogo o el punto clave para el encuentro con el otro. En sus connotaciones negativas, también se considera un lugar de desencuentros con lo extraño y con los extraños, es un espacio transitorio propicio para la incertidumbre, las risas, el bullicio y la algarabía donde otras normas interpelan y transgreden el discurso de la civilidad. Es tal vez ella un testigo silencioso de actos que “atentan” contra la estabilidad urbana, y uno de los espacios que engendra peligros e inseguridades –funcionales al poder hegemónico–, y obligan a retraer su uso legítimo como espacio público. Todos los tiempos en la esquina son diferentes, también sus habitantes, pero sus prácticas pueden ser variables –como en los encuentros causales en el centro de la ciudad– y constantes –como la reunión nocturna de jóvenes o la cita de los enamorados–, es la dinámica y el juego entre tiempos, actores y prácticas la que resemantizan continuamente la esquina como un espacio de producción simbólica.

Dejando a un lado las estigmatizaciones patológicas de la esquina, es en las periferias de la ciudad donde –con mayor énfasis– se construye como un espacio cultural inventado por sujetos de barrios circunvecinos (en su mayoría niños y jóvenes) que conforman un dispositivo espacial marcado por una movilidad territorial, unos modos de comunicación y unas narrativas que permiten historizar el reconocimiento del colectivo y sus integrantes. En estos grupos se establecen jerarquías, compromisos e interacciones a través de los cuales expresan relaciones de poder con otros grupos y contra el poder hegemónico de las autoridades oficiales. La reunión cotidiana en la esquina del barrio es una forma de apropiación y uso de la calle donde el grupo ritualiza y afianza su identidad a través de prácticas colectivas. Sin embargo, esto es contrario a la percepción de urbanistas y planificadores que consideran la esquina como un no lugar o lugar de tránsito desprovisto de carga simbólica.

Paradójicamente, la esquina es el lugar privilegiado para orientarnos y movernos en la ciudad moderna, es también el punto apetecido por el comercio, el de mayor riesgo para vehículos y peatones, y por lo tanto el de mayor regulación normativa para el transito. Un contacto afectivo, familiar o amistoso en la esquina genera traumatismos en la circulación, obstruye el paso y causa malestar en el transeúnte que la recorre.

Contrario a esto algunos habitantes marginales hacen de la esquina y sus calles el espacio cotidiano en el cual viven y se relacionan con conocidos y extraños, y hacen del la esquina su espacio de trabajo, su casa y su sitio de recreación. Son estas connotaciones y las experiencias y relatos cotidianos que en ella acontecen las que permiten su lectura como espacio de significación y resignificación a través de los modos de encuentro, negociación y confrontación entre sujetos. El flujo incesante de sujetos en la esquina es lo que permite observar los rastros y huellas con las cuales se escribe la ciudad en un nomadismo continuo entre esquina y esquina, en ella pueden convivir lo propio y lo ajeno, lo tradicional y lo moderno, los tiempos productivos y de ocio, la opulencia y la miseria.

Finalmente, la reapropiación que muchos sujetos sociales hacen de la esquina en el barrio la convierten en un espacio activo e intermedio entre el hogar y la ciudad que busca reconectar los sentidos de lo público y lo privado desde una perspectiva amplia y compleja. Es también un espacio donde se dinamiza la transición del tiempo productivo de la ciudad y los bordes “improductivos” del ocio junto a vecinos y amigos. Cada esquina es un descentramiento colectivo del relato de la ciudad –en el sentido de Jesús Martín Barbero, es decir la “perdida de centro”– donde afloran pertenencias y formas identitarias, y emergen las más profundas sensibilidades que la ciudad moderna trata de ocultar y controlar. En este sentido, la esquina del barrio se ha instituido como un espacio de miedo contemporáneo que propicia antivalores morales, vicios y malos hábitos, y promueve acciones violentas que atentan contra la sana convivencia de los demás habitantes del barrio y la ciudad. Así, lo que pasa en las esquinas de una ciudad es aún desconocido y por lo tanto uno de los mayores temores del discurso moderno, que busca invisibilizar el conflicto, las contradicciones y las desigualdades sociales, y a cambio promete construir un simulacro de ciudad con espacios “ideales” para el bienestar de los buenos ciudadanos y sus familias.

Aun están por escribirse las infinitas historias de la esquina, sus relatos podrían dar pistas para pensar una ciudad a ras de piso en los intersticios que perturban, causan ruido y molestan la armonía de la ciudad moderna.

Más artículos de este autor en: www.omartinez.org

 

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