En este ensayo, tomaré el fogón y al abuelo -persona de la tercera edad- como categorías convenientes para traer a colación el proceso de “usurpación simbólica”, que la radio y, de un modo muy general, la televisión lograron generar en la construcción de nuevas concepciones simbólicas, a partir de su mediación como agentes-accesorios, que incidieron en la concepción del sentido práctico que tenían –tienen– el fogón como lugar de encuentro comunicativo en la cocina de los hogares campesinos, del sur de Colombia y el abuelo como productor de significados. Intentaré demostrar como estos últimos sufrieron una degradación simbólica que los relegó de su verdadero sentido ancestral.
El fogón ha sido el lugar en donde se ha puesto en común un sinnúmero de relatos orales que hacen parte de la tradición oral y la memoria de los pueblos, porque su historia se remonta desde el hombre de las cavernas. Por lo tanto, el fogón encierra milenariamente un concepto simbólico de encuentro e intercambio en forma circular.
Es en este lugar donde la fantasía, la imaginación y la realidad se mezclaron a través de la palabra para generar imaginarios, tradiciones y culturas. Era alrededor del fogón, donde la palabra fue considerada como “algo sagrado” que se imponía sobre otras prácticas y dinámicas. Es decir que: estaba engendrada de poder por encima de la escritura y cualquier otro medio de comunicación humana; se catalogaba como el discurso de conocimiento y verdad, la cual admitía la afectividad y la subjetividad como “epistemes” del saber.
El poder de la palabra constituye, en este caso, un agente dialogal que gira entorno a los hechos de la existencia misma y de la naturaleza. Es flexible y esta abierto a la lógica del error, porque maneja el campo de la sabiduría donde se habla desde el conocimiento de la vida, la pluridiversidad y las raíces de ancestralidad . Es en el encuentro circular en la cocina que las manifestaciones orales se evidencian como formas de “insurgencia” que invocan el pasado, el presente y la memoria desde lo contemporáneo.
El fogón es el sitio donde la sabiduría ha ejercido su poder de interacción simbólica que ha hecho posible constituir las bases para la construcción de la memoria y los imaginarios culturales locales, a partir de experiencias cotidianas que se vivían con la naturaleza, especialmente, los hombres que trabajan la tierra. De ahí que, el abuelo o el padre fueron quienes guiaban la comunicación, alrededor de la hoguera y quienes evidenciaran mediante la narración de relatos sus experiencias con la naturaleza y la tierra; narraciones que posteriormente, llegaron a convertirse en temáticas representativas en la comunicación nocturna de los hogares y que fueron transmitidas de generación en generación, por medio de otras personas que desarrollaban capacidad de domino de estos conocimientos. Al respecto, Ariruma Kowii dice:
“La narración es otro campo que la comunidad india ha logrado cultivar con mucha habilidad, la narración o tradición oral se ha caracterizado por desarrollar habilidades en las personas, para que dominen el conocimiento y sean los portadores de la difusión de los mismos […]”
Y agrega, refiriéndose a la oralidad:
“La oralidad permitió desarrollar los sentidos, la expresión gestual, la creatividad, esto explica la elocuencia de los diálogos que se establecen al momento de los saludos o de contar un cuento, en este caso las personas dotadas de habilidades de contar una narración, los yupak o ararawi, realizan verdaderos monólogos que van acompañados de su palabra.” (Kowii, “Barbarie…”, 280)
El género masculino se hace evidente porque los hombres eran quienes contaban sus hazañas o experiencias que vivían en el campo, lo cual los dotaba de un “[…] un poder que aún tiene la palabra de los mayores, de los antiguos, de los abuelos, de los weas, los ancianos como referentes de la memoria, como depositarios de la sabiduría.” (P. Guerrero, CORAZONAR…,86). Sin embargo, eso no quiere decir que la mujer no tenía participación, pues ella era la encargada de transmitir la enseñanza de los oficios y posteriormente, era quien reivindicaba el componente religioso; es decir, llevar a cabo la practica del rosario antes de ir a dormir, algo característico en las familias católicas-rurales de inicios del siglo XX.
Algo predominante en el tipo de comunicación, que se gestaba alrededor del fogón, fue la presencia del otro: la unión familiar o de grupo se hacía indispensable, lo cual hace afirmar, desde el punto de vista de la alteridad, la importancia del otro para poder evidenciar la existencia del yo y viceversa. De ahí que, se hayan generado saberes compartidos y afectivos desde el calor del fuego y la sabiduría de los más viejos, que posibilitaron la construcción de identidades a partir del dialogo y la diferencia.
En este punto, puedo considerar al fogón como un lugar-sitio en el que se pude “localizar los conocimientos” y por ende, pertenecer a la “geopolítica del conocimiento” de la que habla Adolfo Albán y hacer “[…] de tal suerte que puedan ser reconocidos como opciones de vida, como prácticas reales de construir formas ‹‹otras›› de existir y comprender el mundo en sus complejidades.” Esta afirmación surge a raíz de que, en este lugar y los saberes que se produjeron en él, incidieron en la formación y construcción de sujetos; saberes que nacieron de las historias o anécdotas que los abuelos narraban y que adquirieron un estatus de poder, llegando a ser normas o reglas sociales que regulaban el comportamiento de los individuos; esto se daba, mediante la narración de una leyenda o un mito; por ejemplo, la leyenda de “la viuda” que se utilizaba como mecanismo de prevención y cautela en los jóvenes que frecuentaban caminar en las noches y consumir alcohol.
Sin embargo, esta forma de vivir, construir, transmitir y compartir sufrió un proceso de usurpación simbólica que desplazó su significado y su lugar en que se desarrollaba, a finales del siglo XIX e inicios del XX, cuando apareció la radio como uno de los agentes que más incidieron en la estructura y comunicación de los hogares campesinos. Por un lado, porque este medio llegó a formar parte de la estructura de la familia, irrumpiendo en sus prácticas comunicativas; es decir, “[…] la reunión grupal y circular, que originaba el diálogo y encuentro cara a cara de los individuos, se afectó una vez llegó la radio porque implicó hacer un espacio en la estructura familiar. En este sentido, lo circular pasó a lo horizontal y se inició un proceso de individualización al interior del hogar […]”
Por otro, porque las temáticas tradicionales de conversación fueron remplazadas por música, radionovelas y noticieros que llegaron a integrarse como nuevas temáticas. Lo más significativo fue que el abuelo-narrador fue desplazó y en lugar de él se impuso la radio, produciendo un nuevo sentido simbólico del encuentro nocturno.
La manera como los abuelos fueron desplazados, tuvo que ver por las nuevas -modernas- formas de conocer y aprender las experiencias de otros “geolugares” y otros “geoconocimientos” que la radio ofrecía en sus emisiones de 6 a 9 p.m., horario que irrumpió en el encuentro y la oralidad nocturnos. De esta manera, la palabra inició un proceso de desvalorización de su poder simbólico y dio paso al poder de la palabra mediada y posteriormente, al poder de la imagen cuando surgió la televisión.
La presencia de la radio en el hogar, dio origen a nuevos significados del encuentro y los relatos de las experiencias del abuelo, dándoles un valor “degradante” que las convirtió en prácticas “folklorizadas”; es decir que se las llegó a denominar como algo exótico, algo extraño, con un sentido “instrumentalizado por el poder” mediático que condujo “[…] al gradual empobrecimiento y vaciamiento del sentido simbólico originario, lo que trae como consecuencia –según la evidencia etnográfica- un proceso de la degradación simbólica[…]”
En este sentido, la radio -que décadas después se le daría a la televisión- adquirió un sentido de apropiación simbólica que antes se le daba al abuelo. Lo “interesante”, es que la radio como mueble logró acoplarse a la estructura familiar y llegar a considerarse como otro integrante del hogar, que implantó nuevas formas de comunicarse y nuevos saberes, conocimientos y realidades que incidieron en la construcción de la identidad; además de instaurar dinámicas culturales diferentes que trasladaron y degradaron el sentido de las ya existentes.
La usurpación simbólica que se dio entre la radio y el abuelo fue el primer paso de este proceso, porque existió otra usurpación con el lugar; es decir, el fogón, el cual fue sustituido por la habitación de dormir o la sala de estar; sin embargo, este desplazamiento fue causa de la televisión, un medio que empobreció de manera muy evidente y sustancial el sentido del abuelo y el fogón como agentes y lugares de la sabiduría ancestral. Por ejemplo: 1. el televisor eliminó la práctica del rosario que se realizaba todas las noches antes de ir a dormir; 2. desplazó los conocimientos ancestrales, entre ellos, los de medicina tradicional y los que predecían el tiempo; 3. Cambió los ritmos del sueño; 4. eliminó prácticas como el teatro, los rituales de la comida y los juegos tradicionales que se gestaban en el vecindario o en el barrio.
En definitiva, la radio y la televisión, han usurpado los lugares, agentes y procesos ancestrales, los cuales están inmersos en saberes que integran la afectividad, la subjetividad, la mismidad, al otro, la naturaleza, la alteridad cósmica y la razón. Lo lamentable es que esa usurpación se ha apoderado de esos significados y los ha convertido en objetos exóticos, que son vistos desde una postura occidental del conocimiento que los califica como convencionales y superficiales.
El poder que poseía el abuelo como autoridad en la familia fue usurpado con la presencia de la radio y aún más con la televisión, hasta el punto que éste perdió legitimidad representativa entre las futuras generaciones, evitando que sus saberes no se desarrollen en los conocimiento de los jóvenes, posibles portadores de la difusión estos.
Sin embargo, desde el enfoque de la sabiduría se puede decir que el fogón y el abuelo pertenecen a la “geopolítica del conocimiento”, porque reivindican las prácticas y dinámicas comunicativas, y de encuentro que de ellos se pueden generar, más cuando en la contemporaneidad buscamos decolonizar el conocimiento y los lugares.
Bibliografía
Albán, Adolfo, “Conocimiento y lugar: más allá de la razón hay un mundo de colores”, en Albán, Adolfo (comp.), Texiendo textos y saberes, cinco hilos para pensar los estudios culturales de la colonialidad y la interculturalidad, Popayán. Editorial Universidad del Cauca, 2006, pp, 59-82.
Burgos, Pedro Nel, “Del Relato Oral al Televisivo”. Trabajo de Grado. Biblioteca Elizabeth Navarrete f.m.i. Universidad Mariana, Pasto, 2006.
________________, Memoria colectiva local, Comunicación oral y Medios de Comunicación. Disponible en: http://www.pastocity.com/articulos/memorialocal.htm
Guerrero, Patricio, “CORAZONAR desde las Sabidurías Insurgentes, para combatir la colonialidad del poder, del saber y del ser”, en CORAZONAR una Antropología comprometida con la vida. Nuevas miradas desde Abya-Yala para la descolonización del poder, del saber y del ser, Asunción, FONDEC, 2007, pp. 41-90.
________________, “Las isotopías de la usurpación simbólica”, Usurpación simbólica, identidad y poder: La fiesta como escenario de lucha de sentidos, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador / Corporación Editorial Nacional / Abya-Yala, 2004, pp. 41-90.
Kowii, Ariruma, “Barbarie, civilizaciones e interculturalidad”, en Walsh, Catherine (ed.), Pensamiento crítico y matriz (de)colonial. Reflexiones latinoamericanas. Quito, UASB/Abaya-Yala, 2005, pp. 277-296.
Lugar en el que se preparan alimentos, mediante la combustión de madera, cocina campesina construida en el suelo, que puede ser construida con barro o cemento. Lugar de encuentro que generaba la reunión circular.
Las categorías del Fogón y el abuelo surgen de mi trabajo de pregrado “Del Relato Oral al Televisivo”. Biblioteca Elizabeth Navarrete f.m.i., Universidad Mariana, Pasto, 2006. De igual manera, las categorías de radio y televisión, las cuales fueron trabajadas con mayor profundidad en esta investigación.
Patricio Guerrero, “CORAZONAR desde las Sabidurías Insurgentes, para combatir la colonialidad del poder, del saber y del ser”, en CORAZONAR una Antropología comprometida con la vida. Nuevas miradas desde Abya-Yala para la descolonización del poder, del saber y del ser, Asunción, FONDEC, 2007, pp. 41-90
Ariruma, Kowii, “Barbarie, civilizaciones e interculturalidad”, en Walsh, Catherine (ed.), Pensamiento crítico y matriz (de)colonial. Reflexiones latinoamericanas. Quito, UASB/Abaya-Yala, 2005, pp. 277-296.
Adolfo, Albán, “Conocimiento y lugar: más allá de la razón hay un mundo de colores”, en Albán, Adolfo (comp.), Texiendo textos y saberes, cinco hilos para pensar los estudios culturales de la colonialidad y la interculturalidad, Popayán. Editorial Universidad del Cauca, 2006, pp, 59-82.
Leyenda de una mujer con vestimenta negra que oculta el rostro –calavera-, que aparece en lugar solitarios a personas en estado de embriagues y los lleva a ríos, quebradas o precipicios y que les puede cuasar la muerte. Por lo general suele aparecer en fiestas o bailes populares. Según la leyenda personifica a la prometida, amante de la persona que la mira.
Patricio, Guerrero, “Las isotopías de la usurpación simbólica”, Usurpación simbólica, identidad y poder: La fiesta como escenario de lucha de sentidos, Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador / Corporación Editorial Nacional / Abya-Yala, 2004, pp. 41-90.
El surgimiento de la televisión, estableció el fenómeno de la soledad; es decir, que los individuos prefieren permanecer en su dormitorio frente al televisor y evitar el contacto con los demás. Por ejemplo, el ritual del almuerzo o la cena que se daba en la cocina y que era “algo sagrado”, perdió importancia porque ahora se mira televisión mientras se consume los alimentos en el dormitorio personal. El contacto con los otros, pareciera que no tiene importancia para las nuevas generaciones.
|