En nuestra modernidad, ese lugar donde dormimos se ha convertido en un espacio en el que innumerables significantes, significados, historias, lugares, personas y culturas se presentan todos los días, por medio de la televisión o el Internet 1. No importa si es de día o de noche; si somos blancos, negros, mestizos, andinos, americanos, europeos, asiáticos; no importa si somos niños, jóvenes o viejos, hombres o mujeres; si trabajamos, estudiamos o no hacemos nada: siempre llegamos a nuestro dormitorio a encender el televisor o el computador para ponernos en contacto con lo que sucede en la sociedad y “la realidad”.
En este sentido, el dormitorio es el lugar donde se gestan encuentros simbólicos e intercambios informacionales-comunicativos, que inciden en la formación identitaria del sujeto y la construcción de nuevas relaciones sociales, nuevas prácticas y dinámicas culturales, nuevas formas de otredad y alteridad, casi fragmentadas y homogeneizadas por la televisión y el Internet. Por lo tanto, es en el dormitorio desde donde se inicia un proceso de adopción con la civilización y desde el que se conocen normas y reglas que presentan los medios de la modernidad. Medios que crean, a través de sus relatos o discursos, fantasías para la sociedad.
Con lo anterior, intentaré hacer una reflexión muy general sobre las implicaciones que la televisión y el Internet han provocado en la construcción y transformación de identidades, teniendo como lugar de esa construcción al dormitorio. Afirmar dicha transformación con o por estos medios es algo que trataré de esclarecer y dar algunas respuestas a dichos procesos que estas construcciones y transformaciones implican.
Después del surgimiento del libro y la radio, la televisión logró catalogarse como el medio por excelencia en los hogares, tanto que irrumpió en los horarios habituales del sueño, la comunicación familiar, y los rituales del almuerzo, la cena o el desayuno, porque “[…] la comida ha dejado de ser un ritual que congrega a la familia […]”2 . A esto, se le sumó nuevas formas de vida que la modernidad y la globalización han implantado como modelos de la civilización actual. Por ejemplo, las grandes jornadas de trabajo que los padres deben realizar durante el día y la semana, han provocado que los hijos permanezcan acompañados por la televisión, el Internet o el PlayStation, en la sala o en el dormitorio, fenómeno que implica la libertad de ver y de consumir contenidos diversos que estos medios ofrecen.
La perdida del sentido ritual de la comida, es un proceso que viene desde la aparición de la radio cuando ésta ocupó un lugar en la cocina 3 o en la sala, generando cambios significativos a nivel comunicacional y estructural dentro del hogar, sin embargo, no provocó transformaciones de lugar para comunicarse y relacionarse entre padres e hijos, situación que si causó la televisión, pues ésta además de imponerse como un agente de información, generó el fenómeno de “estar solos” en nuestro cuarto frente al televisor, desde el cual, en la modernidad, concebimos y construimos la realidad, mediante historias de amor, aventura, violencia, diversión, donde las ventanas de nuestro dormitorio son cerradas para evitar el contacto con esa “otra realidad” pagana, mala y corrosiva, y abrimos esas otras ventanas que nos dan la posibilidad de escoger lo que mas nos convenga o queramos dependiendo de nuestros gusto o animo; esas ventanas que se presentan a través de la pantalla del televisor o el computador.
Es mediante el control remoto o el mouse que seleccionamos los contenidos que mas nos identifican y representan social, cultural y políticamente. Es a través de este consumo voluntario que, ejercido desde el dormitorio, iniciamos a construir y transformar las identidades, en la medida en que entramos en el proceso de intercambio narrativo visual y auditivo que “[…] cada día nos encontramos con productos simbólicos y diferentes prácticas culturales que, de diversas maneras, exceden a todo esquematismo y a la representación más estable […]” 4, que tiene por fin encontrar lo desconocido, es decir, una otredad anónima que nos hace visibles y diferentes:
“[…] la identidad se funda siempre en la construcción de una diferencia, vale decir, se funda en la imaginación de “otro”, distinto, cuya representación suele funcionar como una estrategia imaginaria para garantizar la supuesta unidad del enunciante. Dicha imaginación consiste en la reducción del otro a una característica esencial sobre la que se produce la ilusión de su control imaginario.” 5
Siguiendo el proceso que las identidades tienen en su desarrollo y autogeneración se puede decir que la televisión y el Internet fueron agentes que permitieron que éstas lograran transformarse y consolidarse como tales, porque por un lado, tuvieron acceso y contacto con otras del globo, permitiéndoles adherirse a otros saberes, sentires y conocimientos; es decir permanecer en un proceso intercultural que permite la construcción de identidades, lo digo en plural porque todo sujeto puede situarse en cualquier posición cultural o identitaria que su contexto le ofrezca y este acepte como suya, debido a que “la identidad es una posición”; para aclarar esta idea y recordando a Vich, por ejemplo, podemos decir que una persona es colombiana, negra, en situación de desplazamiento, divorciada, etc., lo cual determina sus diferentes posiciones e identidades que a lo largo de su vida ha construido.
Desde esta perspectiva, se puede afirmar que las identidades están en constante transformación, y que de una u otra manera, la televisión y el Internet contribuyen en este proceso. Sin embargo, existen otras implicaciones que van más allá del intercambio informacional y de contenidos de cualquier tipo. Como se mencionó en líneas atrás, estos medios, junto con la tecnología han producido que las personas se alejen de escenarios como el cine, el teatro y el mismo barrio, optando por permanecer encerrados en las salas de estudio y en la habitación de dormir, lugares desde los cuales se vive el “bombardeo” de imágenes, “temporalidades”, lugares, culturas, sensibilidades y fantasías que permiten conocer y darse a conocer al mundo, de una manera flexible y rápida, porque nos relacionamos “[…]ante nuevas identidades construidas de temporalidades menos largas y más precarias… capaces de amalgamar y convivir ingredientes de universos culturales muy diversos.” (Barbero, Mediaciones… 45).
Es a través de las redes informáticas y las ondas eléctricas que lo culto y lo popular se mezclan para formar nuevos sentidos y significantes culturales que antes no podían generarse con la misma agilidad ni podían ser aceptados por los otros, debido a que no existía una democratización cultural que estuviera dispuesta a reconocer la importancia de las identidades otras, que permitieran construir nuevos tejidos o redes para la misma identificación del nosotros y los otros. Posibilidades que los medios de comunicación, en especial, el Internet ha generado; aunque las consecuencias sean la fragmentación de las expresiones culturales y las geografías puesto que “[…] son cada vez más pluridireccionales, intensivos y acelerados los desplazamientos geográficos de culturas enteras,… [y] los massmedia las pones a todas en la punta de nuestras narices.” 6
Es decir, lo local, tiene la posibilidad innegable de hacer parte de lo global y tomar otros rumbos para la construcción de memoria, porque ya no hacen falta los relatos orales para generar identidades, ni tampoco es necesario trasladarse a otros lugares, ni tener contacto directo con los demás, porque la televisión y el Internet asumen de mediadores y canales para ofrecernos –auque artificialmente- esas experiencias. Solo basta ubicarnos en nuestro dormitorio, encender el televisor si se quiere ser un participante pasivo o encender el computador si se prefiere simular mayores procesos comunicativos o de contacto físico .7
En tal sentido, la privacidad se hace una necesidad para intercambiar experiencias mediadas y el dormitorio es el lugar cómplice ideal para llevar a cabo estas prácticas que consumen el tiempo libre y el de otras actividades familiares y sociales. Es de esta manera que se dejan diluir las experiencias, los placeres y los peligros en las calles, mientras nos sumergimos en las fantasías que denotan la diferencia de los otros, de lo que ellos no tienen o les sobra. Es en la privacidad y a través de la televisión y el Internet que identificamos lo culto, lo popular, lo marginal, lo que nos diferencia de los demás, de las necesidades que nos produce cuando estamos frente a estas nuevas ventanas mediáticas que enriquecen el proceso de construcción de identidades y ponen en crisis las dinámicas locales en esta construcción.
La televisión y el Internet son experiencias que para las identidades locales es síntoma, por un lado de desarraigos culturales debido a que se les impusieron otras identidades más allá de lo nacional. Por otro, porque los nuevos contenidos mostraban lo civilizado, lo moderno, donde las relaciones con los demás, la ciudad, los centros comerciales, las nuevas tecnologías impusieron una nueva forma de relacionarse y de crear una fantasía de ciudad en el campo y viceversa; es decir, mientras los sujetos de lo rural anhelan tener acceso a Internet, a los cinemas, los videojuegos, los centros comerciales, -que miran a través de la televisión y escuchan en la radio- los citadinos buscan aquel contacto con la naturaleza, llegando a crear fantasías campestres que les permiten engañarse y creerse que pueden tener el campo en la metrópoli, mediante la creación de parques y objetos artificiales que les permite vivir ese éxtasis fantasmagorico que los medios de comunicación han creado en los imaginarios urbanos y rurales, lo cual ha sido motivo para que se produzcan migraciones campo-ciudad y la concepción de ideologías que llegan a hacer parte de las identidades campesinas que buscan un mejor futuro: […] el que se queda en el campo arraiga el pasado; el que se va, por el mero hecho de hacerlo, se cree domiciliado en el porvenir […] .8
Finalmente, es desde el dormitorio que se abren caminos para la construcción de nuevas identidades o para transformar las existentes; es el lugar que, en los tiempos contemporáneos, se cataloga como el cómplice de las nuevas generaciones que buscan identificar y perfilar su identidad para luego darla a conocer en sus posiciones de estudiantes, hijos, amigos, tribu-s, intentando sobresalir entre la otredad que muestra la televisión y la Internet, y al mismo tiempo, convirtiéndose en esa otredad para el otro que lo mira desde otra geografía, cultura y tiempo. Es en el dormitorio donde las subjetividades citadinas crean nuevas significaciones y nuevos significados simbólicos sobre las culturas que experimentan y de las cuales toman algo y las adaptan en las suyas.
Queda pendiente analizar hasta qué punto el dormitorio es el centro de los fantasmas y fantasías que normalizan el comportamiento de los sujetos en las calles y la sociedad. Es decir, qué tanto modela las formas de relacionarse socialmente, dependiendo del tiempo que se dedique al Internet o la televisión, de la procedencia, la edad, el sexo, la cultura, el país de los individuos. Sin descartar, el surgimiento de otro posible medio, en las siguientes décadas, que produzca más cambios de los que ya se conocen o que a penas se empieza hablar comunicativa, social y culturalmente.
1 El presente ensayo, es concebido desde una postura de lo urbano; por lo tanto, esta categoría es trabajada haciendo referencia a las personas que tienen acceso a Internet o que pueden ingresar muy frecuentemente. Considero que este medio no es un agente de construcción de identidad para las clases bajas que no tienen posibilidad de acceso a este servicio y a las personas que no tienen conocimiento sobre su manejo, pero puedo asegurar que la televisión si es un medio muy globalizado que esta presente en casi todas la clases sociales.
2 J, Martín Barbero, Mediaciones comunicativas de la cultura. En Santiago Castro- Gómez (editor), Simposio Internacional sobre “La reestructuración de las ciencias sociales en América Latina”. Bogotá – Colombia. Pensar. Pontificia Universidad Javeriana. 1999. pp. 34.
3 Me refiero al desplazamiento que sufrió el abuelo, -el narrador de historias- cuando la radio logró posicionarse en la forma circular de la comunicación de las familias rurales, donde la cocina era el lugar de encuentro comunicativo por las noches y donde se consumían los alimentos.
4 Víctor, Vich, “Sobre cultura, heterogeneidad y diferencia”, en Estudios culturales: discursos, poderes, pulsiones, Lima, IEP-PUCP-Universidad del Pacífico, 2001. pp. 33
5 Víctor, Vich, “Las Políticas culturales en debate: lo intercultural, lo subalterno y la dimensión universalista”, en El Estado está de vuelta. Diversidad, desigualdad y democracia, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2005. pp. 266.
6 Martín, Hopenhayn, “Tejido intercultural: del mestizaje originario al massmediático”, en Enfoque sobre la posmodernidad en América Latina, Roberto Follari y Rigoberto Lanz (comp.), Caracas, Ed. Sentido, 1998. pp. 34
7 Me refiero a las mediciones que el Internet ha llegado a generar con los individuos –usuarios-; es decir, ese fenómeno de remplazó de las personas por las cosas, que conllevan a simular experiencias que necesitan del otro; por ejemplo, establecer relaciones amorosas o hasta llegar a tener sexo por Internet.
8 Carlos, Monsiváis, “Aires de Familia”, Barcelona – España, Ed. Anagrama, 2000. pp. 158.
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