1. Avatares históricos por algunas teorías de la comunicación. El breve recorrido de las teorías de la comunicación muestra un dialogo histórico con un conjunto de disciplinas desde las escuelas norteamericanas pasando por las europeas –escuela de Birgminhan– hasta llegar a las latinoamericanas donde las relaciones con los estudios culturales –no sólo los latinoamericanos– han generado toda serie de incertidumbres, desequilibrios y dudas relacionadas con la configuración de la comunicación como nuevo campo científico en las ciencias sociales, y cuya virtud se expresa con mayor fuerza en las interrelaciones y préstamos con los cuales logra elaborar sus planteamientos y métodos. Paradójicamente, este nuevo abordaje de la comunicación más flexible, dinámico y con una actitud abierta, sacrifica su especificidad disciplinaria y propicia a la vez un ambiente nebuloso en la esfera de las ciencias sociales que se traduce en la dificultad profesional de trazar límites prácticos en el desempeño social.
En buena medida la comunicación se ha constituido en un nuevo campo disciplinar construido con los aportes de la filosofía, la antropología, la psicología, la sociología, la ciencia política, la literatura, el psicoanálisis, la historia, la lingüística y otras disciplinas con una tradición científica mucha más larga. Entre los primeros planteamientos se destacan los aportes de la psicología a través del conductismo impulsados por la escuela norteamericana de comunicación donde se destacan entre otros a Lazersfeld, Schramm y Merton.
Luego vinieron los aportes de la ingeniería física y la cibernética, en cabeza de Norbet Wiener, para consolidar un modelo lineal con énfasis técnico de donde aparece el famoso esquema de (E) emisor, (M) mensaje y (R) receptor, cuyos elementos servirían de base para las continúas reelaboraciones de los modelos subsiguientes. Estas primeras teorías de la comunicación, en particular la teoría de los efectos, estuvieron soportadas durante largo tiempo por una tendencia psicológica que puso el énfasis en la emisión de mensajes a través de los nacientes medios masivos de información.

Por otro lado, desde la década de los 20s. la Escuela de Frankfurt surge de la mano del pensamiento marxista2 en toda Europa y específicamente en Alemania, sus planteamientos –conocidos como teoría crítica– se fundan en los profundos cuestionamientos a la razón instrumental que mueve las fuerzas productivas y entre ellos los medios masivos de comunicación del capitalismo –en la consolidación de una cultura de masas– los cuales se expresan material e ideológicamente a través de mecanismos de dominación en las relaciones de producción y circulación mediática de las formas culturales. Sus aportes teóricos han sido subvalorados, en particular los relacionados con la comprensión de las industrias culturales y las condiciones de “alienación” en la que se subsumen los receptores “consumidores” de estos productos culturales. Para algunos, los de Frankfurt fueron calificados como pesimistas dentro de una “dialéctica negativa” que al no ofrece salidas al dominio sobre los receptores por parte de los medios y sus mensajes. Tal vez siguiendo el sentido de la “experiencia erótica”3 de Marcuse es posible recuperar algunos aportes de la Escuela de Frankfurt.
Ya en los 70s. emerge la crítica posestructuralista con Michael Foucault, y con sus planteamientos alrededor de las relaciones de poder, el saber como poder y los dispositivos disciplinarios y las sociedades de control. Por su lado Jacques Derrida, desde un enfoque discursivo plantea la deconstrucción como una salida al proyecto instrumental de la logocentrismo y la razón instrumental de la modernidad occidental. Y en la misma línea, pero desde un enfoque psicoanalítico Jacques Lacan se centra en la significación como lugar de enunciación del sujeto en una ruptura con la lingüística estructural enmarcada en el signo y el significado como formas absolutas y arbitrarias en la producción de sentido. Estas posturas toman como centro de su análisis al sujeto desde el discurso, particularmente como “sujeto de enunciación” y en franca oposición con las posturas del sujeto cartesiano del pensamiento racionalista. Parte de sus críticas sirven de base para la aparición de lo posmoderno en lo referente a una explosión de las identidades, las identificaciones y los estilos de vida, y aunque despolitizadas en el ámbito del mercado, algunos movimientos organizados alrededor de mujeres, gays y grupos juveniles logran dinamizar acciones colectivas que luchan por el reconocimiento político y legal de sus diferencias en algunos países del mundo.
Una crítica a estas posturas tiene que ver con su distanciamiento de las ideas que mantenían vigente la lucha de clases y las desigualdades sociales, mientras el modelo neoliberal, agresivamente, desdibujaba las contradicciones y los conflictos que históricamente mantenían las relaciones de poder, económicas y del saber de los dominadores. En este sentido los estudios culturales emprenden un camino de debate académico alentado por los las implicaciones del reconocimiento social de las nuevas identidades, la crítica a la racionalidad moderna y la preocupación por las demandas de los nuevos movimientos sociales, sin lograr construir una apuesta que transgreda o interpele la lógica económica dominante ni las estructuras sociopolíticas que sostienen lo que Mattelart denomina “capitalismo mundial integrado”.
A mi modo de ver una nueva ruta teórica propuesta como Economía Política de la Comunicación y la Cultura, permitiría articular aportes desde tres lugares distintos para resignificar el debate comunicativo actual. El primer lugar estaría dado por la historización de los movimientos sociales y de comunicación popular en América Latina buscando comprender sus alcances y limitaciones por democratizar la comunicación sin obliterar los viejos reclamos que quedaron pendientes en los 70s. relacionados con los intercambios asimétricos en los flujos de la información entre países. El segundo lugar estaría dado por una repolitización de los estudios culturales retomando un enfoque de economía política de la comunicación que sirvan de soporte para potenciar las experiencias de Comunicación para el Desarrollo y el Cambio Social que en los últimos años toman fuerza en comunidades locales y regionales del mundo. Y un tercer lugar pensado desde la Comunicación para la movilización y la transformación social –más desde una perspectiva estratégica– se orientaría al fortalecimientos de redes de investigadores, movimientos socioculturales4 y la promoción de políticas públicas de comunicación y cultura que permita el reencuentro del compromiso intelectual con los procesos de cambio social.
2. Comunicación popular y los dilemas del cambio social Como bien lo plantea Armand Mattelart, “uno de los méritos diferenciales de la primera generación de la investigación crítica en América Latina ha sido, por el contrario, tratar de no disociar, por ejemplo, el análisis de las estructuras nacionales y supranacionales del poder, de los procesos ideológicos, con la elaboración de una pedagogía del oprimido y la formulación de respuestas a los proyectos de las clases dominantes.”. Este mérito también es atribuible en gran medida a las experiencias de comunicación popular y comunicación alternativa cuyos principios ideológicos lograron hacer confluir el malestar de época provocados como reacción a los fracasos de los modelos desarrollistas y de la dependencia.
En la base de muchas de estas experiencias de comunicación popular en América latina –radios mineras de Bolivia, radios parlantes del Perú, Radio Enriquillo, revista Alternativa en Colombia, entre otras– se encuentra una clara tendencia a invertir el control de la producción de los medios masivos y sus mensajes, bajo la idea de democratizarlos y extender su manejo y gestión hacia poblaciones excluidas económica, social y políticamente de las oportunidades que ofrece el mundo moderno. Estas iniciativas –que proliferaron en los 60s. y 70s.– estuvieron guiadas por proyectos ideológicos de matriz marxista con claros marcos de interpretación sobre las condiciones sociopolíticas del momento histórico, lo cual permitió definir objetivos colectivos, convocar voluntades y establecer compromisos de trabajo y acción.
Muchas de estas propuestas nacen en el seno de grupos marginales de poblaciones latinoamericanas con el acompañamiento de pocos profesionales e intelectuales venidos de las ciencias sociales, las humanidades y la pedagogía, mientras por esos momentos la larga tradición del oficio periodístico marcaba la impronta con la que nacen los primeros programas y facultades de Comunicación Social y Periodismo. Es en la década de los 80s. cuando muchos de estos programas y escuelas inician sus desplazamientos teóricos de un enfoque meramente informativo hacia otras formas de pensar y operar la comunicación, donde surge la comunicación alternativa, la comunicación popular y la comunicación para el desarrollo. No obstante, fueron más las experiencias prácticas que fundamentaron la puesta en escena de estos enfoques que el acumulado teórico realizado por los intelectuales y estudiosos de la comunicación hasta.
En este contexto el campo de la comunicación se escinde en dos caminos: por un lado la comunicación popular y alternativa5 que se gesta desde la práctica de los movimientos sociales campesinos, estudiantiles, barriales, sindicales, obreros e intelectuales de izquierda, quienes emprenden luchas en contra de un modo de producción capitalista que a través de sus diferentes modelos de desarrollo no logra cumplir con las promesas de libertad, fraternidad e igualdad proclamados en los principios rectores del liberalismo.
Por otro lado, el camino de la investigación latinoamericana en comunicación avanzó hacia una revisión teórica que concluye en el desplazamiento de lo comunicativo a lo cultural sustentado en una crítica a la visión instrumental de los medios y a una revaloración del proceso de recepción con la aparición del concepto de “mediaciones”. Lo cultural adquiere una importancia inusitada y una densidad tan amplia como inasible que se corre el riesgo de perderse en una constante marea de relaciones teóricas e imbricaciones interdisciplinarias donde el objeto científico de la comunicación se vuelve más borroso –en palabra de Martín Barbero: “perder el objeto para ganar el proceso” – a la vez que se reduce la dimensión política de la comunicación, y los movimientos sociales pierden su horizonte ideológico-político bajo la trampa discursiva que anuncia la caída de los grandes relatos y el fin de las ideologías.
Ya en la segunda mitad de los 90s. asistimos al desmoronamiento del régimen comunista, lo que se convirtió en la coyuntura ideal para provocar un giro histórico en el pensamiento político-social a nivel global, y la excusa perfecta para desvirtuar el discurso marxista de los ámbitos académicos y estatales, y así deslegitimar su validez como opción de cambio frente a los problemas y necesidades de todas las sociedades. En estas condiciones, progresivamente, el pensamiento liberal retoma sus principios y actualiza sus estrategias de intervención para erigirse como el único sistema social viable y legitimo, sustentado en la lógica del mercado que pronto invade todas las esferas –tanto públicas como privadas– en un proceso agresivo de transnacionalización.
En el intento por reubicar el debate comunicativo en el ámbito de la cultura, Jesús Martín Barbero y Nestor García Canclíni revitalizan la noción de lo popular como un nuevo lugar epistemológico para pensar las complejas relaciones que se presentan en el proceso comunicativo, otorgando un papel relevante a la recepción crítica de mensajes por parte de las audiencias. Sus trabajos intentan redireccionar un camino en la investigación Latinoamericana y rearticular teóricamente el campo de la comunicación, ligándolo a los procesos culturales locales donde “al parecer” adquiere una dimensión política importante frente a la encrucijada globalizante que impone el modelo económico neoliberal a través de su desmedido crecimiento del mercado y los monopolios mediáticos transnacionales. Este proceso se da paralelo a la intensifican de los desarrollos científicos que paulatinamente hacen emerger el fenómeno digital y la formación de una cultura tecnológica que deja intactas las desigualdades sociales y limita el acceso a los nuevos medios y recursos que soportan la producción y difusión de información.
Si bien los debates culturales en comunicación sobre la capacidad de los receptores por resignificar los mensajes y la posibilidad de éstos por optar libremente en el momento del consumo, no logran precisar la trascendencia política de estas acciones en la transformación estructural de las relaciones sociales de poder. Al respecto resulta insuficiente hacer resistencia6 en la recepción de mensajes ya que la dispersión cotidiana de opciones no permite conformar una fuerza colectiva que interpele y modifique el sentido del proceso comunicativo hegemónico en su conjunto. Esta insuficiencia se presenta desprovista de un carácter organizativo y político –local, regional o internacional– creciente que incida en políticas culturales y que cuestionen las desigualdades en la producción y circulación simbólica7. En este sentido resulta oportuna la sospecha sobre las implicaciones políticas que subyacen al fin de las ideologías, y consecuentemente la proliferación de mentalidades y modos de vida enmarcados en la defensa de un libre pensamiento como principio esencial de las libertades culturales.
El auge y vigor de las experiencias de comunicación popular son reprimidas antes de los 70s. a razón de un rechazo a toda manifestación colectiva que reclamara derechos y reivindicaciones sociales, en este sentido la arremetida contra todo brote de comunismo no dio cabida a iniciativas progresistas, e impusieron regimenes autoritarios en buena parte de países latinoamericanos, lo que estuvo acompañado del exilio de intelectuales de izquierda, y el debilitamiento de los movimientos sindicales. Paralelo a la globalización económica la proliferación de los programas y escuelas de comunicación social en el continente dieron a conocer nuevos enfoques relacionados con la comunicación organizacional, comunicación empresarial, publicidad y producción en medios masivos. Los nuevos planes de estudios favorecían la formación de profesionales como una fuerza de trabajo emergente que requería el nuevo mercado de la información y la comunicación. Las programaciones televisivas, radiales y de prensa escrita se fueron privatizando y sus propietarios se convirtieron en empresarios de monopolios mediáticos emparentados con la clase política y promotores de las industrias culturales internacionales. En este ámbito los Estados-nación fueron perdiendo responsabilidades mientras otros macroestados internacionales sustituyeron sus funciones en la regulación de los mercados simbólicos y económicos. A la par de este proceso las necesidades básicas de muchas poblaciones del mundo –sumidas en la pobreza y la miseria– se iban agudizando, las injusticias sociales y la distribución de las riquezas seguían minando las oportunidades de millones de personas, y el consumo ostentoso de energía de los países desarrollados empeoraba las condiciones ambientales del planeta.

Paulatinamente la creación de organismos internacionales de representación de los estados-nación se convertía en un nuevo escenario de fuerzas supranacionales controlado por políticas dirigidas por países poderosos y promotores del neoliberalismo económico. Ante el empobrecimiento de los países “subdesarrollados” las iniciativas “benefactoras” del Banco Mundial ofrecían créditos con altos intereses que año tras año se convirtieron en deudas impagables, y como consecuencia –en los últimos años– la privatización de empresas públicas, la venta de acciones de gobiernos, y las medidas de ajustes económicos con fuertes impuestos a los ciudadanos, permiten observar que hoy más que antes es urgente propiciar una mirada crítica –desde diferentes ambitos– sobre los procesos culturales y comunicativos de lo local a lo global y viceversa, sin perder de vista lo que se juega en los intersticios de este transito.
Paradójicamente desde la década de los 90s, organismos de cooperación internacional se han interesado por incluir en sus agendas el tema de la comunicación ligándolo al concepto de desarrollo. Las primeras incursiones de estos discursos estuvieron del lado de la teoría de la dependencia y de las propuestas difusionistas y desarrollistas con las cuales construían sus planes y proyectos para los países subdesarrollados o en vías de desarrollo8. Luego de fuertes cuestionamientos al concepto de desarrollo, los comunicadores de la cooperación internacional optaron por cambiar su modelo de intervención dirigido y acogieron –retórica y simuladamente- la participación y el “involucramiento” de las comunidades en el diseño y orientación de estrategias y actividades desde sus propias iniciativas y formas “culturales” de pensar y de vivir. En este punto coinciden con algunos planteamientos teóricos populistas que sobrevaloran a las comunidades como productoras genuinas de sus mensajes y a partir de ahí transformadoras de una sociedad que quería escuchar sus voces y ver sus imágenes. En la práctica muchos de estos proyectos comunicativos son funcionalizados y absorbidos por planes y programas institucionales dentro de los cuales se inscriben, y desde los cuales se controlan sus contenidos sin que estos transgredan el orden establecido. De esta forma son proyectos que no significan una amenaza para los propósitos del sistema neoliberal desde el cual operan muchos de estos organismos internacionales.
Una de estas iniciativas es el Consorcio de Comunicación para el Cambio Social liderado en los finales del siglo XX por la Fundación Rockefeller, y cuyos nombres más destacados son los de Alfonso Gumucio Dagrón y Denise Gray-Felder, quienes han construido una plataforma que define la comunicación como un proceso de dialogo público y privado a través del cual las personas definen quienes son, cuales son sus aspiraciones, qué es lo que necesitan y cómo pueden actuar colectivamente para alcanzar sus metas y mejorar sus vidas. La CCS apoya procesos de toma de decisión y de acción colectiva para hacer más eficientes a las comunidades, y fortalece los contextos de la comunicación.9 Estos planteamientos dejan por fuera los procesos históricos que han llevado a las comunidades su marginación y empobrecimiento en medio de luchas desiguales del poder político, del conocimiento y de las injustas relaciones económicas. En tal sentido, estos discursos naturalizan las condiciones de incapacidad y debilitamiento de las comunidades en el proceso comunicativo, y tampoco incluyen el debate sobre políticas culturales y de comunicación que resulta permitente de analizar específicamente en cada contexto local y nacional. Aunque resulta seductor el “diálogo público y privado” es lo limitado su abordaje conceptual sin referencia a los conflictivos –y en muchos casos inadecuados manejos institucionales– que hacen los estados de las políticas públicas. Finalmente, observo que estos objetivos localistas no trascienden en sus intenciones de transformación del orden social y quedan reducidos a la potenciación de la diversidad cultural en la búsqueda de una identidad compartida territorialmente ubicada.
3 Despolitización de la televisión y las radios comunitarias
En 1995, el Ministerio de Comunicaciones de Colombia expide la primera reglamentación para la concesión de emisoras comunitarias que entregó a 512 organizaciones comunitarias constituidas legalmente en los municipios. Este acto de legalización fue una primera conquista de muchos profesionales, intelectuales y líderes sociales que abanderaron la formulación de una política que apuntaba a iniciar un proceso de democratización de la radio, y la posibilidad para las localidades y sus pobladores de contar con un medio de información a través del cual se pudieran expresar libremente desde sus problemas, hechos y opiniones. Aunque esta conquista suponía un desencadenamiento de programas y propuestas radiofónicas genuinas por parte de grupos, organizaciones y personas desde el nivel local, lo que vino posteriormente fue una proliferación –a pequeña escala– de imitaciones de la programación de emisoras comerciales –en su mayoría musicales– del nivel regional y nacional sin innovaciones en sus formatos y en sus contenidos. En muchos lugares la emisora comunitaria fue adjudicada a una asociación o fundación donde aparecían como integrantes mayoritarios personas de una misma familia y el propietario era una de ellas que había conseguido los equipos y había optado por participar en la licitación para hacer de la emisora su negocio personal.
Al Ministerio poco le ha interesado fortalecer la emisoras comunitarias, pues ellas representan una actividad menor con relación a las grandes funciones de políticas de comunicación que representan la televisión, la radio y en especial la telefonía celular. Dentro de sus funciones de regulación se ocupa de definir parámetros técnicos y normativos de los medios de comunicación, sin prestar mayor atención a problemáticas relacionadas con los contenidos sociales, educativos o culturales de los mismos, de tal manera que estas preocupaciones son objeto “marginal” de las universidades y los centros de investigación.
Una de las desventajas técnicas con las cuales se ha dado vida a los canales locales y regionales de televisión y a las emisoras comunitarias, es la baja potencia de transmisión con la que le otorgan la concesión y por lo tanto la limitada cobertura en comparación con las concesiones de emisoras comerciales cuya potencia es 10 y hasta 50 veces mayor. Aparte de esta regulación en la cobertura se les restringe –prohíbe- la gestión de pauta publicitaria o comercial y se les reduce a buscar auspicios de organizaciones e instituciones públicas o privadas, que dando así en la más extrema desventaja para la generación de ingresos frente a un medio radial o televisivo comercial. A estas limitaciones con las cuales nacen estas emisoras comunitarias en Colombia, se les suma las precarias tecnologías con que operan y la baja capacitación del personal que realiza programas, en muchas ocasiones son aficionados o voluntarios que gustan de frecuentar el medio y cuyo único referente para la producción han sido los modelos de la radio y la televisión comercial. Bajo estas circunstancias aparece resuelta la “conquista de los medios” para ejercer la libertad de expresión de las comunidades y por consiguiente garantizar el camino a la democratización de la comunicación.
Del lado de la producción de información televisiva, radiofónica o de periodismo barrial o comunitario se aprecia un cúmulo de trabajos que ponen en circulación temas y opiniones variadas de interés común entre las localidades que los realizan, sin embargo queda vedada la posibilidad de participar en las agendas nacionales o internacionales de la información donde el monopolio es ejercido por grandes empresas privadas que controlan el mercado de la producción de mensajes –en muchos casos los propietarios de estos medios responden a intereses de grupos de poder– y la acumulación económica fruto de la publicidad y la propaganda. Este proceso de exclusión en la producción informativa crea una nueva escala de jerarquías de las agendas informativas, donde las microagendas10 son invisibilizadas por las grandes agendas que ejercen la hegemonía sobre la formación de opinión pública y la producción del sentido social. Otro factor para comprender la despolitización de los medios comunitarios y locales en Colombia es la desconexión de éstos con los movimientos sociales y el “desprestigio” en el que se les ha enmarcado sus luchas. Así mismo la flexibilidad y apertura de un pensamiento posmoderno ha influido en las programaciones y mensajes, donde la dispersión y multiplicidad de ofertas temáticas no permite fundamentar un sentido ideológico y político del proyecto comunicativo. La coexistencia de discursos, actores e imágenes en formatos “rápidos” y de fácil elaboración dejan poco espacio a la investigación y la profundización propia de los debates, las crónicas, los reportajes el artículo o el ensayo. Este último aparte, sin pretensiones exhaustivas, intenta un análisis desde algunos conceptos de la economía política de la comunicación.
4. Cometario final.
Una mirada cuidadosa que intente poner en dialogo los aportes de los estudios latinoamericanos de la cultura y las nuevas propuestas de repensar la comunicación y el 10 Me refiero a la formación de opinión pública que construyen los medios locales o comunitarios al interior de sus comunidades y que no hacen parte del mercado informativo nacional ni internacional.
conocimiento desde una economía política11, tiene que –necesariamente– vincularse en un trabajo en red con las experiencias de comunicación local, popular y de cambio social que se vienen gestando en muchos lugares, grupos y comunidades. Este giro académico y social permitirá actualizar una visión estratégica de la comunicación que se haga cargo de los viejos problemas de la comunicación, propicie un ambiente donde las políticas públicas de la comunicación y la cultura sean una realidad menos discursiva y más real, donde se asuman las contradicciones y se develen los poderes que promueven las desigualdades y las inequidades. Es de aspirar que los estudios de la comunicación y la cultura recuperen el compromiso científico-social en una epistemología menos encumbrada en los glamoures de una élite intelectual donde los aportes teóricos del campo se definen lejos de los contextos y los problemas y necesidades comunicativas de la humanidad, y tengan la certeza de estar contribuyendo a la movilización colectiva por un mundo más justo.
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