JOSE MARIA ARCE
LA PERCUSION DEL MEJOR EBANISTA NACIONAL

 

Heredo de su padre el oficio de la ebanistería, la cual desde los 11 años la práctico. Cautivo con sus obras el gusto de las esposas de los militares y el oído de los músicos locales, nacionales e internacionales.

“Un día le dije a mi papá que me de la cuota para mis estudios y me dijo: ¡no tengo! Al otro día, el profesor me dijo: ¡qué fue! ¡qué paso! ¿Trajiste la plata? - No porqué él no tenía. –Bueno, esperémonos una ‘semanita’. A la semana le dije otra vez a mi papá: deme para la escuela y él me respondió: ¡no tengo, de dónde voy a darte! Y una mañana, el profesor me dijo: con el dolor del alma, coja sus ‘libritos’ y se va. Si su papá le da la cuota viene y sino se queda en la casa.”

La tacañees de su padre hizo que a los 11 años, estando en cuarto año de primaria, José María Arce, se dedicará a la ebanistería. A pesar que en un principio quería volver a la escuela, luego comprendió que ya no le gustaba porque empezó a ganar dinero. Hacía guitarras, silletas, camas, mesas en el taller de su papá: “llegó el momento en que no me gustó trabajar con él porque me decía: tienes que hacer en la semana dos guitarras para mí y una para voz."

 

Además de los oficios del taller, en los ratos libres hacía marcos de madera para las obras de algunos pintores de la ciudad, le quedaban muy bonitos, tanto que éstos lo invitaron a trabajar con ellos, pero su padre no lo dejo porque tenía que ayudarle. Sin embargo, al ver el trato de su padre y lo poco que le pagaba, decidió ir donde otro ebanista para que le diera trabajo como cepillador de madera. En este taller, con los sobrantes empezó con gran preescisión a imitar en miniatura camas, peinadores, sillas. Con el primer sueldo compró dos vestidos de paño y le ayudó a su padre a pagar el arriendo, que fue parte del trato para irse a trabajar a otro lado.

En este taller observó con gran detalle los pasos para trabajar, moldear y dar forma a la madera. A pesar que no podía tallar, decidió en su casa hacer una cama y tallarla a su manera. Un amigo le dijo que tenía que darle movimiento, profundidad, situación que con el tiempo logró perfeccionar.

Se casó a los 19 años de edad y un día, le ofrecieron que arrendará una casa, no le gustaba porque era muy vieja, pero como tenía que irse de donde vivía, aceptó. Puso su taller en la puerta principal, la cual quedaba frente a la entrada del ejercito. Compró un catalogo de muebles finos y decidió hacer unos parecidos:

 

“Un día tenía los sillones y uno de ellos lo estaba armando, estaba cerca de la puerta y pasó un jeep del cuartel y después de un rato se regresó, era una señora y el chofer. Me preguntó ¿usted hace estos muebles? ¿Cuánto vale un juego? Le respondí: sí señora, yo los hago y valen 10 mil pesos, pero para forrarlos me trae la tela. Ella me dijo: se los compro, pero rebájeme para ir a traer a mi marido.

Regresó con un sargento del ejercito: ¿estos son los mueble? Están muy bonitos pero muy caros, no ganó tanto, me dijo. No me los compró y la señora se puso a llorar. Ella me dijo: maestro, conmigo no ha perdido el tiempo, ya le voy a traer al cliente. Me llevó al Coronel del ejercito: ¿Cómo estás? ¿Cómo te va? Véndemelos, te doy ocho mil. Rebájame, no sabes con quien te metes. Me vas agradecer. Se los vendí.”

El buen gusto de aquella mujer, le llevó la buena suerte hasta la puerta de su taller, posteriormente, sus muebles los adquirieron la mayoría de Coroneles y Mayores del Ejercito Nacional. De esta manera, llegó a acumular pedidos hasta de dos años y medio: “...llego un Coronel y me dijo: Arce, dame haciendo unos mueble. Le respondí que si se espera tres años, bueno.”

 

 

Con un talento innato y forzado desde muy pequeño tuvo varios ofrecimientos, uno que recuerda es el de un Coronel que le propuso ir hasta Bogotá a trabajar en un taller con equipos nuevos, modernos y con todo tipo de madera. No lo aceptó por sus hijos que estaban estudiando y porque en Pasto le iba muy bien.

La realización de muebles lo dieron a conocer y mejorar su estabilidad económica, pues con sus obras logró comprar su casa y educar a sus hijos. Sin embargo, un caleño le llevó al taller dos congas para que las arreglara, porque estaban abiertas: “Sabía hacer timbas para los campesinos, pero las congas no las conocía”. El caleño, le propuso que le hiciera un par igual a las que le llevo: “le dije que no, porque esas tenían mal hecha la circunferencia. Sí quiere que le de haciendo, se las hago como yo quiero. Él acepto”. “...a los 2 meses llegó otra vez y me dijo que las había vendido en Venezuela. Le hice otro par. Al mes regresó por dos pares y a los 15 días me pidió media docena,” recuerda Arce.

 

Desde entonces, se ha dedicado a la construcción de instrumentos musicales de percusión y ha logrado que estos lleguen a manos de artistas reconocidos a nivel nacional e internacional. “A mi taller han llegado forasteros de Bélgica, España, Ecuador, Cánada, Estados Unidos, Francia, Puerto Rico, Venezuela”, asegura.
 
Agrupaciones como los Tupamaros, Lisandro Meza, Medardo y sus Player’s, Matecaña hacen música con los instrumentos de José María Arce. Por ejemplo, el año pasado el Grupo Niche le compró güiros, una tambora y un par de bongoes.

 

Es que los instrumentos de percusión y cualquier mueble no los hace cualquiera, a pesar que utilice la mejor madera, les de la mayor precisión y tenga todas las ganas. Para ello, hay que ser un buen observador, tener una talento y un don innatos como los de Arce, los cuales lo han llevado a obtener reconocimientos a nivel departamental y nacional, y considerarlo como el Mejor Ebanista de Colombia. Actualmente, tiene el taller Arce Percusión y trabaja con sus hijos y según Arce, uno de ellos ya lo ha superado.

 

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